>> martes, 1 de septiembre de 2009




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Todo lo que había pensado acerca de esa mancha oscura sobre el respaldar de su cama, se terminó esfumando de un momento a otro. Aunque es errado decir que se esfumó del todo, en realidad simplemente se trasladó por sus propios medios hacia otras formas de metodología abstracta. Y digo esto porque el testimonio del hombre, me confirmó la existencia de concepciones lógicas acerca de las capacidades físicas y mentales de dicha mancha. Él mismo le había puesto ya un nombre, que supuestamente “Ella” le había confirmado en un sueño. Era ya casi como una persona, un ser normalmente físico que lo acosaba cada noche que dormía a su lado, o encima de él, cada bendita noche. Le respiraba sobre los párpados cerrados y le cubría el pecho con húmedo y asqueroso musgo contaminado.
    Al principio, o mejor dicho cuando la mancha todavía era bastante pequeña, él creía que por el tamaño semejante, ésta no tendría más fuerzas de seguir viajando a través de la pared, para continuar con su invasión habitacional, pero se equivocó. La mancha se hacía cargo de su existencia y cada noche mientras el pobre hombre era vencido por el sueño inevitable, estiraba sus largos brazos de verdín y se montaba sobre cada centímetro nuevo que lograba invadir, con esas uñas de sarro y esos dedos de polvo entre los azulejos. Así iba creciendo, minuto a minuto.
     Se infiltraba en sus sueños, lo manipulaba, lo poseía, no lo dejaba pensar en otra cosa. El hombre, pobre, terminaba siendo la mancha misma, observándose a sí mismo desde la pared y teniendo un gusto repugnante en la boca por momentos. Por ver simplemente cómo se sentía el miedo y la paranoia de su propia expresión, en el aire, desde los ojos de la mancha, o de sí mismo.


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1 opiniones:

Torres de manzanas verdes. 12 de septiembre de 2009, 11:41  

Mire usted, mi querido axoltol, mire usted dónde han caído estos otoños de mi piel tejiéndose sobre una rosa de pétalos sin ser más que una brisa suave.

Te extraño, por extrañarte, mi arbolsol... te canto.

Te soplo un laurel...

Yo, Agus.

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